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jueves, 26 de abril de 2007

COMPROMISO Y FIDELIDAD (26 - ABRIL - 2007)

Una vez me preguntó un amigo, padre de once hijos y viudo, si en el cielo querría a su mujer tanto como la quiso en vida. Es una buena pregunta: ¿es el amor esencialmente algo temporal, o puede aspirar a ser eterno?
Me acordé en ese momento del estribillo de una canción que dice: “y te seguiré queriendo / hasta después de la muerte. / No te creas que es mentira / que muerto también se quiere: / yo te quiero con el alma, / y el alma nunca se muere.” Es tan cierto que el amor puede ser eterno como cierta la existencia y eternidad del alma. Porque, ¿para qué querríamos el alma, si no pudiéramos amar por toda la eternidad?
Ese amor que perdura y no se pudre ha de ser un amor vivo y, por serlo, sufrirá amenazas, correrá peligros, estará compuesto de la suma de una serie de continuas batallas en las que está en continuo peligro su misma existencia.
El amor eterno quizá sea el resultado de un amor en continua crisis, nunca terminado, siempre haciéndose, que logra renacer una y otra vez de su propia ceniza. Por eso no envejece, es siempre nuevo, es siempre joven, en continuo estreno. El eterno es un amor en continuo perfeccionamiento. Quizá la eternidad sea la perfección del amor.
Y ¿qué persona logra un amor así: tan aparentemente frágil, que sobrevive en continua y arriesgada aventura? Será aquella persona que jamás pueda concebir ni prever el final de su propio amor; por eso, esa persona vive el riesgo sin temor a la derrota, porque no se le ocurre semejante posibilidad. Logra un amor así la persona que no tiene miedo a la fidelidad y mantiene su compromiso, pase lo que pase.
Para esas personas, hay un episodio de la vida que hace ya definitivamente eterno su amor aventurado: es el episodio de la muerte. La muerte, en esas personas, hace definitivamente eterno el amor que en la vida ha sido arriesgado, comprometido y fiel. Por eso la muerte, para esas personas, en el fondo, no es tan horrible. Y vale la pena.

jueves, 19 de abril de 2007

ACOMPAÑAR AL PAPA (19 - ABRIL - 2007)

Hace hoy dos años, el 19 de abril de 2005, el recién elegido Papa Benedicto XVI, se presentaba al mundo como “un sencillo y humilde trabajador en la viña del Señor”. Y, consciente de la enormidad que le venía encima, se consolaba considerando que Dios “sabe trabajar y actuar con instrumentos insuficientes”[1].
Cinco días después, el 24 de abril, presentaba su “programa” de gobierno: “no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, —decía— sino ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor y dejarme conducir por Él, de tal modo que sea él mismo quien conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra historia.”
[2]
Curioso programa: dejar hacer, dejarse guiar; desconfianza en sí mismo y confianza en Dios: “El Señor nos ayudará” decía después de su elección. Y continuaba: “María está de nuestra parte.”
[3] Dos apoyos: Dios y la Virgen.
Pero el Papa hablaba de un tercer apoyo imprescindible para poder llevar adelante su programa de docilidad: “No estoy solo” —decía— “no tengo que llevar yo solo lo que, en realidad, nunca podría soportar yo solo.” Y ¿quién más está con él? “Me acompañan —aclaraba— vuestra indulgencia, vuestro amor, vuestra fe y vuestra esperanza.”
[4] “Sobre todo confío en vuestras oraciones.”[5] Efectivamente, la Iglesia es demasiado peso para ser llevado sobre una sola espalda.
Dice un amigo mío que la vida de cristiano es como ir debajo de un paso de Semana Santa: todos viajamos bajo su cobijo, y cada uno arrima el hombro y lleva el peso que quiere. Dios, María,… y nuestra oración: esos son los tres apoyos del Papa. Animo a todos a rezar hoy especialmente por el Santo Padre. ¿Quién no sabrá dirigirle siquiera hoy una Avemaría a la Virgen pidiendo por él?

[1] Benedicto XVI. Primeras palabras después de ser elegido Papa (19 de abril, 2005)
[2] Benedicto XVI. Solemne Misa de Inicio de Pontificado (24 de abril. 2005)
[3] Benedicto XVI. Primeras palabras después de ser elegido Papa (19 de abril, 2005)
[4] Benedicto XVI. Solemne Misa de Inicio de Pontificado (24 de abril. 2005)
[5] Benedicto XVI. Primeras palabras después de ser elegido Papa (19 de abril, 2005)

jueves, 12 de abril de 2007

AMOR Y FIDELIDAD (12 - ABRIL - 2007)

Hace unos días me dijo un amigo: “mi mujer me quiere con obras; yo quizá la quiero más con las palabras”.
Mi amigo es hombre de hechos probados. Pero me pareció una confesión preciosa. Primero porque muestra que mi amigo se sabe querido; y eso es muy importante. Todos necesitamos una respuesta válida a la pregunta de ¿quién me quiere a mí? “Lo importante para cualquier persona, lo primero que da importancia a su vida, es saber que es amada.”
[1] Por otro lado, mientras mi amigo sepa cuánto le queda por querer de verdad, las cosas irán bien en esa casa.
Llaman dichosos a quienes se casan con la persona a la que quieren; y más dichosos son los que aman a la persona con la que se han casado. Que el amor no es un punto de partida; es un punto de llegada, una meta, una razón para vivir: no me caso contigo, sólo, porque te quiera; me caso contigo, sobre todo, para quererte. “El amor es la ley fundamental y el objetivo esencial de la vida.” “Amar es arriesgarse a una aventura que dura toda la vida.”
[2]
Lewis, en su libro “Lejos del Planeta silencioso”, explica que el amor es algo que se toma toda la vida: “Cuando [uno] es joven debe buscar su compañera; después tiene que cortejarla; luego engendra hijos; después los educa y después recuerda todo esto y lo hace vivir dentro de él transformándolo en poemas y sabiduría. […] Dices que hay poetas en tu mundo, ¿no te enseñan ellos esto?”
[3].
Chesterton sí lo enseñaba. Explicaba que la libertad que más estimaba era la de obligarse a sí mismo. Se preguntaba qué sentido podía tener una promesa de la que no importa su cumplimiento. “Si juro fidelidad, —decía— ha de caer sobre mí la maldición en caso de infidelidad, o ya no tiene sabor la promesa.” “Yo necesito sentir que me obligo con mis pactos; que mis juramentos y compromisos son tomados en serio.”
[4]

[1] Card. Joseph Ratzinger. “Dios y el Mundo”.
[2] Ibid.
[3] C. S. Lewis. “Lejos del planeta silencioso”.
[4] Chesterton. “Ortodoxia”.

jueves, 5 de abril de 2007

EL MODELO DE JUAN PABLO II (5 - ABRIL - 2007)

La madrugada del 31 de agosto de 1939, a las 4.47 horas y desde el puerto de Gdansk, los catorce cañones del acorazado alemán “Schleswig Holstein” rompieron el silencio y abrieron fuego contra la fortificación militar polaca de Westerplatte. ¡Daba así comienzo la Segunda Guerra Mundial!
El 7 de septiembre el comandante polaco rindió la plaza. Fueron ocho días de heroica resistencia, sin apoyo exterior alguno, al acoso alemán por tierra, mar y aire: mil doscientos soldados alemanes, cuarenta y siete aviones de la Luftwaffe, el cañoneo desde el acorazado y la artillería terrestre.
El 12 de junio de 1987 Juan Pablo II hablaba a la juventud compatriota, en esa gloriosa plaza polaca. Se refirió a ese lugar como a un símbolo elocuente de fidelidad en un momento dramático. El Papa les contaba cómo allí, en 1939, un grupo de jóvenes soldados polacos, combatiendo contra el invasor alemán que disponían de fuerzas y medios bélicos claramente superiores, afrontó la prueba suprema ofreciendo un victorioso testimonio de coraje, de perseverancia y de fidelidad. En ese marco, el Papa animó a los jóvenes que le escuchaban a comprometerse con los valores e ideales que animaron a aquellos doscientos dos soldados a luchar en esa gesta heroica. «Debéis exigiros a vosotros mismos, aunque los otros no os exijan», les decía. «Cada uno de vosotros, jóvenes, encuentra en su vida un “Westerplatte”. Unas obligaciones que debe asumir y cumplir. Una causa justa, por la que se debe combatir. Un deber, una obligación, a la que uno no puede sustraerse; de la que no es posible desertar.
Juan Pablo II refirió este encuentro en su libro ¡Levantaos! ¡Vamos! Y allí escribió la siguiente reflexión: “Los hombres han tenido siempre necesidad de modelos que imitar. Tienen necesidad de ellos sobre todo hoy, en este tiempo tan expuesto a sugestiones cambiantes y contradictorias.”
Releía esas páginas hace tres días, cuando se cumplían dos años de la marcha de Juan Pablo II a la Casa del Padre. Y daba gracias a Dios por el ejemplo, también heroico, de toda su vida. Verdaderamente, es un modelo a intentar imitar.