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jueves, 29 de marzo de 2007

BLASFEMIA Y DESAGRAVIO (29 - MAR - 2007)

El cristianismo no es un simple credo o una ideología. Como recordaba hace unas semanas el Cardenal Biffi, la salvación que Jesucristo vino a traer no se reduce a un conjunto de valores. Jesucristo era y es Dios y Hombre verdadero, alguien a quien se ama y se sigue. Todos los valores del cristianismo son nada sin la Persona de Jesucristo. Y quien tiene a Jesucristo, tiene todos los valores del cristianismo.
Y ¿qué decir de la Madre de Dios? Los católicos no entendemos nuestra vida sin su presencia amorosa y maternal. Me vienen a la cabeza y al corazón algunas frases de San Bernardo: “No te descaminarás si la sigues, no desesperarás si la ruegas, no te perderás si en Ella piensas. Si Ella te tiene de su mano, no caerás; si te protege, nada tendrás que temer; no te fatigarás si es tu guía; llegarás felizmente a puerto, si Ella te ampara.”
Hablo de estos dos amores, los principales de todo el mundo católico, porque a muchos nos han herido con la noticia de las blasfemias contra la Santidad y Belleza de las Personas de Jesús y de María. Unas blasfemias del pasado que, ya caídas en el olvido y desconocidas para la mayoría, han sido, de nuevo ahora, torpe y masivamente difundidas.
Me emocionó lo que dijo el sábado pasado el Cardenal Cañizares en el santuario de Guadalupe: “¡Que no nos toque nadie a la Madre de Dios, nuestra Madre! ¡Nos pueden injuriar a nosotros, pero jamás, jamás, a la Virgen y a su Hijo Jesucristo, nuestro Señor! Son lo más santo”.
Ante las injurias contra quienes amamos, hay una reacción lógica que nos lleva a desagraviar y a prodigar las alabanzas y muestras de afecto hacia las personas injuriadas. Estos días muchos hemos procurado estar más afectuosos con Jesús y con su Madre. Las fechas en las que estamos también invitan a actuar así. Mañana, viernes de Dolores, es la fiesta de la Virgen de la Caridad: allí están Ella y Él. Quizá un buen modo de responder a la ofensa por tan groseras blasfemias sea acudir en algún momento del día a visitar a la Virgen en tan señalado día.

jueves, 22 de marzo de 2007

DIGNIDAD E INDIGNIDAD (22 - MAR- 2007)

A la vista de muchas de sus decisiones, con frecuencia me pregunto qué entenderán los miembros del Gobierno por persona humana, y en qué convicciones fundamentarán su voluntad de proteger la dignidad de la persona. Porque verdaderamente, en muchos de los desacuerdos que tengo con esas decisiones suyas, hay un problema básico de dignidad. De dignidad humana.
Es muy grave que no haya un acuerdo sobre lo que se entiende cuando se habla de persona y de dignidad humana. Porque sobre la solidez de estos conceptos descansan los derechos humanos, que son “exigencias imprescindibles de esta dignidad.”
[1] Porque “la raíz de los derechos del hombre está en la dignidad que pertenece a todo ser humano”[2]. Porque “la fuente última de esos derechos no se encuentra en la mera voluntad de los seres humanos […] o en los poderes públicos, sino en el hombre mismo y Dios su Creador”[3]. Porque el fin último de la sociedad es el respeto de la dignidad de la persona humana[4] y la tutela de sus derechos que por su dignidad tiene. Y ¿qué derechos ha de proteger un Gobierno que se equivoca al entender qué es el hombre?
En el mensaje Mundial de la Paz, Benedicto XVI ha hablado de la suma importancia y necesidad de tener claro el concepto de persona y de su dignidad, porque “una consideración “débil” de la persona, que dé pie a cualquier concepción […], abre las puertas a la intervención de imposiciones autoritarias, terminando así por dejar indefensa a la persona misma y, en consecuencia, presa fácil de la opresión y la violencia.” Y como alertaba el Papa, existe un grave peligro que amenaza la paz: “la indiferencia ante lo que constituye la verdadera naturaleza del hombre”
[5]. En esta batalla ideológica está en juego nuestra misma dignidad, que es más que nuestra propia supervivencia.

[1] Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 152
[2] Ibid, n. 153
[3] Ibid, n. 153
[4] Cfr. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 132
[5] Mensaje Mundial de la Paz. Benedicto XVI, 7 de noviembre, 2006

jueves, 15 de marzo de 2007

LIBERTAD Y PAZ (15 - MAR - 2007)

“Paz” es uno de los nombres más hermosos que Dios tiene. La palabra Paz se debe pronunciar con devoción y respeto. Ahora algunos hacen un uso pernicioso de esa palabra. Un uso grosero. Diría incluso que un uso casi blasfemo. En boca del gobierno, la palabra Paz va sonando a claudicación, a sometimiento. Con la belleza de esta palabra pretenden embaucarnos con un discurso falaz y lleno de mentiras.
En España no hay guerra, sino persecución. Las personas que la sufren no hablan sólo de paz; suspiran por unos valores que el Estado no siempre logra garantizar: la libertad y la justicia. Y el gobierno, en nombre de la paz, comete la indignidad de conceder una libertad injusta. A mí esta palabra, en boca de estos individuos, ya sólo me provoca arcadas. Son las nauseas que me causa la mentira.
Por todo esto, el sábado pasado, acompañado por un amigo, profesor, como yo, en la Universidad, marché a Madrid. Allí encontramos un ambiente festivo, alegre, lleno de colorido rojo y amarillo. No sé contar a la gente por miles o por decenas de miles, pero sí sé que vi a muchísima gente. Los accesos estaban masificados: las conexiones con la línea 2 de metro eran un hervidero humano. En la manifestación, estaba apretado por una multitud; a veces con sensación de agobio.
No vi gente extraña. Sí vi mucha gente joven. Y mucha gente mayor: me llamó poderosamente la atención ver también mucha gente muy mayor: con una edad que quizá hacía poco recomendable la aventura de estar allí. Muchos padres de familia, con sus hijos. Muchos hombres. Muchas mujeres. Mucho de todo. Pero mucho, todo, normal. Aquello fue una masa gigante de gente indignada, alegre, pacífica y normal.
A la vuelta, en una gasolinera a las afueras de Madrid literalmente invadida por más de cincuenta autobuses, y después de ver, con centenares de personas, un rato del partido Barça–Madrid, el empleado de la Estación de Servicio que me atendía me hizo ver cómo ZP había conseguido unir a los españoles: una masa enorme de personas unidas en la indignación.

jueves, 1 de marzo de 2007

IDEOLOGÍAS DE LA MENTIRA (1 - MAR - 2007)

No todo se puede inventar. Y, desde luego, no se puede inventar la realidad. Y menos la realidad sobre el hombre: lo que el hombre es en verdad. Lo que sí se puede hacer es falsear esa verdad y confundir a las personas.
Y ahora abundan algunos teóricos tontos y brillantes, sabios sin sabiduría que logran, entre la admiración de muchos y el desconcierto de otros, reinventar la realidad y “liberarnos” del sentido común de siglos.
Son imbéciles “modernos” que deshacen y deshonran el saber de generaciones enteras y llaman anticuada y superada la cultura heredada de quienes nos han precedido, que ignoran la inteligencia de millones de hombres pretéritos y la riqueza de las lecciones aprendidas de las experiencias ajenas.
Creen que no necesitan demostrar lo que afirman aunque contradigan la experiencia de siglos. Son hombres de hoy, y por lo tanto y por lo visto, merecedores de crédito y credibilidad. Su autoridad descansa en ellos mismos: lo que ellos dicen es necesariamente bueno porque es a ellos a quienes se les ha ocurrido. Sus ideas están a la medida de sus intereses o de sus villanías, y afirman que son a la medida de todos: pretenden que sus propuestas sean la verdad, y la verdad ha de ser lo que a ellos más les conviene.
Son tan arrogantes como malvados. Porque la mentira tiene por padre al diablo, y siempre que se inocula causa mucho dolor: más dolor cuanta más gorda es la mentira. Y sus mentiras las habremos de pagar todos. También, especialmente, las próximas generaciones, que heredarán su lamentable concepción del ser humano. Infringen una herida profunda, porque dañan la verdad sobre la dignidad del hombre. Pretenden fascinar con una falsa libertad que ignora la verdad sobre el hombre y sobre su destino.
Y muchos de estos intelectuales de pacotilla, que desconocen la verdad más intrínseca a ellos mismos, logran influir en las mentes de nuestros gobernantes, ayunos de ideologías y de convicciones. Y así les va. Y así nos va.