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jueves, 28 de junio de 2007

PENSAR EN FUTURO (28 - JUNIO - 2007)

Algunos piensan que cuando se es joven se tiene por delante mucho futuro. Y piensan que, a medida que avanza la vida, cada vez quedan menos cosas que vivir. Y eso quizá sea matemáticamente cierto; pero es vitalmente falso.
En realidad la amplitud del futuro de cada persona es proporcional a su esperanza. A quien no espera nada del futuro quizá le queden años de vida por delante, pero serán años sin vida; años de zombi. ¿Para qué quiere el tiempo quien nada espera de él?
Hay otras personas que piensan y hablan en futuro; quienes viven inmersos en sueños y esperanzas; quienes sueñan con lo que hacen, porque creen en lo que hacen, porque creen en lo que sueñan. Y son felices. No viven más porque logren más, sino porque sueñan más. Y sus vidas son vidas logradas, aunque no alcancen grandes logros, aunque no todos sus sueños se hagan realidad; porque son los sueños los que hacen grande la vida, no únicamente los logros.
San Josemaría contaba de Alejandro Magno, “que estaba preparándose para hacer una gran batalla y, antes de comenzarla, repartió todos sus bienes entre sus capitanes. Y uno de ellos le dijo: pero, señor, ¿y a usted qué le queda? Y Alejandro Magno respondió: a mí, me queda la esperanza.”
[1]
¿Cuál es la clave para no caer en el desencanto, en el cansancio, para no envejecer y desalentarse, para no perder la esperanza cuando ya no nos queda nada, y abandonar los sueños? La clave está en la capacidad de querer. Para el que ama, el futuro es un horizonte atiborrado de sentido, lleno de ilusiones que están por llegar.
Quizá la mediocridad pudiera definirse como la vida de los que poco o nada luchan porque poco o nada esperan porque su amor es corto. Quizá la vida de un mediocre no sea especialmente mala, pero siempre resulta decepcionante: porque siempre hubiera podido ser mucho mejor.
[2]
[1] San Josemaría, Tertulia en Altoclaro, Venezuela, 10 de febrero de 1975.
[2] cfr. “Anatomía de la Juventud”, Rafael Gómez P. y César Suárez. Editorial El Drac.

jueves, 21 de junio de 2007

LA AVENTURA DE LA MUERTE (21 - JUNIO - 2007)

Peter Pan, abandonado por los piratas, atado a una roca que emerge en la laguna de las sirenas, espera la subida de la marea que le ha de ahogar. Allí espera asombrosamente tranquilo el momento de su muerte. “La muerte ha de ser una gran aventura”, se dice a sí mismo. Y sí que tiene que serlo. Tanto como la vida.
Una vez me contó un amigo cómo logró perder el miedo a la muerte: reflexionando sobre ella, se dio cuenta de que un segundo después de morir podría seguir diciendo “¡yo!”, y esa palabra seguiría teniendo para él el mismo y pleno significado que hasta un instante anterior había tenido.
De alguna manera piensan así todos los que a lo largo de la historia, y hoy, han tenido un motivo para vivir más fuerte y valioso que su misma vida. Personas que se atreven a la aventura de la muerte, porque su vida no es lo único que tienen. Les merece la pena consumir su vida, y la tienen empeñada a cambio de bienes más altos. Es gente que sabe querer: sólo el amor es más fuerte que la muerte.
Otros andan ocupados en lo que llaman calidad de vida, o la sociedad del bienestar. O llenan su vida de ambiciones personales, en su afán de poder, o de prestigio, o de dinero, o de placer. Violentan que todo se amolde a su propia horma. La muerte nunca les viene bien: ésa es una aventura para otros, porque su ambición no trasciende a su propia vida.
Aún queda un tercer grupo de personas, que no se mueven ni por ambiciones, ni por amores, sino por odios, que les llevan a tomar la vida de otros. No están dispuestos a morir, pero sí están dispuestos a matar. No quieren para sí la aventura de la muerte, pero embarcan a otros en ella: son los “capitanes araña” de la muerte.
Y en esta gran aventura de la vida, unos respetan la vida e ideales de los que ya murieron; otros seguirán matando, o intentándolo al menos, porque siguen odiando; ojalá no haya quienes mercadeen, a merced de sus ambiciones, con los valores por los que otros afrontaron la aventura de la muerte.

jueves, 14 de junio de 2007

DIVERSIÓN Y DIVERTIDOS (14 - JUNIO - 2007)

Siempre me ha parecido un tópico ridículo aquel que afirma que la juventud es la edad propia de la diversión. Porque me parece que es un guiño equivocado hacia mucha gente joven, que quizá se caracterice mejor por su inconformismo, su idealismo o su compromiso, y no explícitamente ni singularmente por su capacidad de diversión, que, por otro lado, es necesidad para toda persona, y no únicamente para quien tiene corta su edad. Conozco muchas personas divertidas, que no han dejado de serlo al paso de los años; que se divierten con casi cualquier cosa. Otras, en cambio, no saben prescindir de tecnología, movidas o montajes.
Hay personas que disfrutan igual en soledad que bien acompañadas, que tienen amigos con los que compartir las propias riquezas interiores. Pascal, en sus “Pensamientos”, afirma que “toda la desgracia de los hombres viene de una sola cosa, que es no saber permanecer en reposo en una habitación”. Es evidente que esta frase es una hipérbole. Pero tiene razón Pascal al decir que es una desgracia la de aquel que no soporta su propia soledad, y deja patente así su vacío y mudo interior. También dice Pascal que “pensar puede ser la mejor forma de diversión”. Pensar, reflexionar sobre uno mismo, interrogarse y buscar respuestas en la experiencia, en los propios sentimientos. ¡Qué interesantes pueden llegar a ser las reflexiones de algunos! ¿Y qué reflexiones tendrán aquellos que andan siempre prendidos de sus pinganillos, pendientes del último chascarrillo que cuente la radio, o mecido en el “chunga-chunga” de la música de moda?Y es que “la diversión no está en las cosas, está en las personas. Y quien sabe estar solo, sabe también estar con los demás en una relación, que al no ser ya superficial, resulta enjundiosa, divertida”
[1]. Enhorabuena a aquellos jóvenes a los que no se les engaña y no necesitan ni marcha, ni música, ni cerveza para reír y disfrutar, aunque evidentemente valoran, y mucho, la buena música, la cerveza fresca y la impagable compañía de sus amigos.
[1] “Anatomía de la Juventud” Rafael Gómez P. y César Suárez. Editorial El Drac

jueves, 7 de junio de 2007

PERVERSO ADOCTRINAMIENTO (7 - JUNIO - 2007)

Decía Rouco Varela, en el Club Siglo XXI[1], que tres son las ideologías que irrumpen actualmente con fuerza en la opinión pública y en el ambiente cultural y político. En primer lugar, un nuevo agnosticismo, cada vez menos escéptico y más dogmático, que impone sus verdades infundamentadas y el relativismo moral, que se establece como única norma válida para la convivencia. Declara sospechosa a la persona con convicciones; su fundamento para la verdad es el consenso, y su principal valor para la convivencia la tolerancia.
En segundo lugar la ideología de género, que otorga a cada individuo el derecho a decidir su identidad sexual sin límite alguno ni ético ni jurídico y en contra de la realidad biológica, antropológica y psicológica. Desde su dogmatismo, insulta la esencia de la familia y descalifica como homófogo a todo aquel que no acepta sus absurdos postulados homosexuales.
La tercera ideología es el laicismo, que erige al Estado como fuente última de la moral pública. La dictadura del laicismo no permite convicciones que configuren unos principios morales distintos a los que postula e impone el Estado.
En este ambiente liberticida el Gobierno impone la asignatura “Educación para la Ciudadanía” y pretende educar a niños y jóvenes entre los 6 y los 17 años en su relativismo ético. Impone su ideología partidista, con frecuencia contraria a las convicciones de los padres, que cada vez en mayor número manifiestan su decisión de objetar en conciencia porque no pueden permitir que se someta a sus hijos al ultraje y adoctrinamiento. El Gobierno contesta con amenazas, y ha llegado a negar, a padres y colegios, este sagrado derecho.
Como enseñaba Juan Pablo II, el respeto al derecho de objeción de conciencia es un signo emblemático “del auténtico progreso del hombre en todo régimen, en toda sociedad, sistema o ambiente”
[2]. Se ve que en nuestro Gobierno falta algún ingrediente de libertad que dé contenido a sus vacías y perversas ideologías.
[1] A. Mª Rouco. Club Siglo XXI, “El Derecho a la Educación y sus titulares…” (30.01.07)
[2] Juan Pablo II. Carta Encíclica “Redemptor hominis”, n. 17