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jueves, 26 de octubre de 2006

QUÉ ES EL HOMBRE (26 - OCT - 2006)

Leía hace unos días un libro escrito en el año 1981 por el entonces Cardenal Joseph Ratzinger, que se titula “Creación y pecado”. Y en uno de sus capítulos, el ahora Papa Benedicto XVI planteaba una pregunta que a mí me parece vitalmente necesaria. La pregunta era: “¿QUÉ ES EL HOMBRE?” Y continuaba diciendo:
“Esta pregunta se plantea como una imposición a cada generación y a cada hombre en particular […]. Cada uno debe […] decidir quién o qué quiere él ser como hombre. Cada uno de nosotros en su vida, lo quiera o no, debe responder a la pregunta de qué es el ser humano.”
Y digo que esta pregunta es vitalmente necesaria, porque, efectivamente, la vida no nos ha sido dada hecha, sino como una tarea a realizar o proyecto a llevar a cabo.
Al hilo de estas reflexiones, me venía a la memoria el recuerdo de una frase que leí hace años en un libro escrito por Viktor Frankl. El libro se titula “El hombre en busca de sentido”. Y me atrevo a asegurar que nadie que lo lea ha de quedar ni defraudado ni indiferente.
Como se sabe, este pensador y psiquiatra, discípulo de Sigmund Freud, pasó difíciles años en los campos de concentración nazis. Y allí, sufriendo las penurias de los reclusos, tiempo tuvo de pensar en esa pregunta, y de buscar respuestas. Decía en este libro antes citado: “Nosotros hemos tenido la oportunidad de conocer al hombre quizá mejor que ninguna otra generación. ¿Qué es, en realidad, el hombre?”. Y responde: “[El hombre] es el ser que siempre decide lo que es.”
Deberíamos ponderar largamente cuál es nuestro modelo o proyecto de ser humano. Porque, efectivamente, de forma ineludible, cada persona construye con su existencia el modelo grande o mezquino que, consciente o no, ha querido ser.
Viktor Frankl terminaba su reflexión diciendo: “[El hombre] es el ser que ha inventado las cámaras de gas, pero asimismo es el ser que ha entrado en ellas con paso firme musitando una oración.”
Grandeza y villanía. A todo se puede llegar. Y no se llega a lo grande sólo con desearlo.

jueves, 19 de octubre de 2006

TOLERANCIA Y DERECHOS (19 - OCT - 2006)

Se ha dicho que la tolerancia es fácil de aplaudir, difícil de practicar, y más difícil de explicar. Tolerante es quien respeta la diversidad; y tolerante es también quien permite el mal, aunque no lo aprueba, porque piensa que impedirlo puede llevar consigo un mal peor todavía. A esta segunda acepción me quiero referir ahora.
Acertar cuándo es conveniente ser tolerante y cuando es mejor perseguir el mal es una cuestión nada fácil y que requiere de una gran prudencia. En ocasiones lo prudente y sabio es ejercitar la tolerancia; y desde luego hay muchas cosas que no se pueden tolerar: nadie en su sano juicio las toleraría.
La tolerancia supone una actitud generosa: la persona tolerante va más allá de lo que en justicia se le podría exigir. También supone tener convicciones: para quien no las tiene, todo le es tolerable, mientras no le incomode: lo bueno y lo malo es aquello que le conviene o no le conviene.
Alguien no identificado parece que se encarga ahora de decidir qué es tolerable y qué es intolerable. No pensar y actuar al dictado de este criterio se ha convertido en un pecado del nuevo decálogo de la doctrina de la “Educación para la Ciudadanía”.
Antaño, una determinada conducta se consideraba nociva, contraria al bien común. En aras de la tolerancia quedo despenalizada, admitida como mal menor. Ahora esa conducta se ve convertida en dogma y queda incluida en el catecismo de lo políticamente correcto; ya no se habla de tolerarla: ahora debe ser aceptada como un derecho legítimamente adquirido.
Todo ello se lleva implacablemente a cabo en un contexto de dictadura del relativismo. De la afirmación de que no cabe nunca imponer por la fuerza las propias convicciones se pasa a decir que todo debe ser tolerado. Parece que lo único verdaderamente intolerable es que alguien se atreva a expresar con libertad su propio código moral.

jueves, 12 de octubre de 2006

RELATIVISMO Y TOLERANCIA (12 - OCT - 2006)

El relativismo es una actitud que rehúye el encuentro con la verdad por miedo a perder la libertad y la felicidad. Es una postura ante la vida, un estilo de pensar en el que se evitan los términos de verdadero o falso. Especialmente en lo que se refiere al sentido de la vida y el mundo.
De la mano del relativismo viene el pánico al compromiso. Se argumenta que como no se puede conocer nada de forma definitiva, tampoco se deben tomar decisiones que entrañen un compromiso de futuro. Todo puede cambiar; todo es provisional.
En una lógica relativista, lo más importante es evadir el problema de la verdad: cualquier opinión tiene carta de ciudadanía en nuestra cultura con tal de que no se presente con pretensiones de universalidad. Y así, el relativismo trata de imponer una postura existencial: ¿qué mejor garantía para que todos los hombres puedan mantener una convivencia pacífica, que un mundo sin verdad?
Y así, se alza como valor el pensamiento débil, vacío de convicciones, que suenan siempre a peligrosas. Y así, quien pretende defender la existencia de verdades es mirado como conductor de conflictos y violencias: quien está convencido de una verdad y procura vivir en coherencia con sus convicciones es tachado de fundamentalista.
Y la verdad es que no hay peor fundamentalismo que el del pensamiento débil de quien se niega a tener convicciones. Un fundamentalismo muy peligroso camuflado bajo la máscara de la tolerancia.
Estar persuadido de la verdad no implica necesariamente tratar de imponerla a los demás. Para que exista una auténtica actitud de respeto hacia todos, son necesarias algunas verdades universalmente aceptadas, “no negociables”, empezando por el reconocimiento de la dignidad de cada ser humano, presupuesto para respetar su libertad.
El relativismo choca con la entraña misma del hombre, que deseará siempre conocer el auténtico sentido de su vida, y que antes o después se harta de las mentiras de los falsos profetas de ahora, y pide con ansias que alguien le diga una verdad que explique sus inquietudes más profundas.

jueves, 5 de octubre de 2006

EL SERVICIO Y LA ALEGRÍA (5 - OCT - 2006)

Conozco algunos matrimonios que han acabado en divorcio en unos pocos años. “No era lo que me esperaba” —dicen—, ó “no me siento realizado (o realizada)”.
Conozco también muchos matrimonios que no han acabado. Sencillamente perduran. Quizá no les resulta fácil, pero se comprometieron para crear un hogar y se han entregado a esa tarea.
Y es que hay personas que no ven en el servicio una renuncia, sino un modo de dar sentido a la propia vida. Hay personas que no buscan realizarse, sino darse. Esas personas consideran la vida como servicio, no como autorrealización. Se casan para querer, para hacer feliz al otro, para darse.
Y, curiosamente, esas personas son muy felices.
Rabindranath Tagore escribió estos versos muy conocidos: Dormía y soñaba que la vida no era sino alegría. / Me desperté y vi que la vida no era sino servicio. / Serví, y comprendí que en el servicio estaba la alegría.
Y en el Quijote se lee: “las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para los hombres; pero si los hombres las sienten demasiado, se vuelven bestias”. Quizá quien se obsesiona en realizarse, de tan triste que resulta esa corta meta, se animaliza. A veces vale la pena darse una dosis de humanidad y pensar en los demás, en los de la propia casa.