Acertadamente, hay muchas personas jóvenes buscando en el amor el sentido de su existencia. Verdaderamente, el amor es la clave de la vida, porque es la sustancia de la que estamos hechos, la causa de nuestra existencia y la meta por la que vale la pena la vida: cualquier vida humana. De forma entusiasmante lo explicaba el Cardenal Ratzinger en su libro “Creación y pecado”. Decía el ahora Benedicto XVI: “Dios ha creado el Universo para entablar con los hombres una historia de amor. Lo ha creado para que haya amor. […] Dios ha creado el Universo para poder hacerse hombre y desparramar su amor.”
Estas reflexiones me las hacía al hilo de una conversación que mantuve hace unos días con una de mis alumnas. Me mostraba su temor ante un mundo que ella ve egoísta, falto de humanidad y de calor, donde no parece tener cabida la capacidad de amar. E intentaba explicarle que siempre es posible hacer humano el propio entorno, precisamente porque somos humanos, protagonistas de una historia de amor.
¡Si aprendiéramos a mirar a Dios con más frecuencia!