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jueves, 28 de septiembre de 2006

ABORTO Y MATERNIDAD (28 - SEPT - 2006)

Desde el año de la despenalización del aborto en España, en 1985, han sido varios cientos de miles, los niños que lo han sufrido en sus carnes. Y sus madres con ellos, porque en muchos casos, ellas son víctimas del engaño.
Muchas veces pienso en esas mujeres que renunciaron así a una nueva maternidad: en la mayoría de los casos, por debilidad, por miedo o por escasa claridad interior; muchas veces por falta de apoyo, por presiones en su entorno más cercano.
He visto como el aborto deja heridas persistentes en el corazón de quienes lo cometieron. La culpabilidad por tan desquiciada decisión puede a veces permanecer acallada durante años. Pero antes o después emerge.
A estas mujeres que sufren su pena y su culpa, quisiera decirles que es posible recomenzar, que existe redención y perdón: también el perdón de esos hijos que nunca nacieron.
El otro día, leyendo un libro titulado “Con ojos nuevos” que ha escrito Alexandra Borghese, me encontré con unas líneas escritas para esas mujeres, y que leo. Decía esta mujer italiana:
“Cuando la conciencia [de una mujer] se despierta a la realidad de lo que ha provocado, los daños que causa el aborto son aún mucho mayores, pero a la vez pueden significar el inicio de la liberación. No sólo porque la culpa puede ser confesada y absuelta, sino también porque ese niño suprimido violentamente puede cobrar espacio, poco a poco, en la conciencia de la madre, la cual puede así caer en la cuenta de que su hijo, a pesar de su gesto, existe. Existe en Dios, que lo había querido en cualquier caso y deseaba acogerlo. La madre puede dar un nombre a esta criatura, reconocerle la existencia que le negó, pedirle perdón, retomar con él la relación amorosa que tan cruentamente canceló.”

jueves, 21 de septiembre de 2006

LOS CUENTOS Y LOS NIÑOS (21 - SEPT - 2006)

Me contaba un amigo mío que, desde hace unas semanas, ha comenzado a leer a sus hijas, cada noche, unas páginas de “Crónicas de Narnia”. Ya acostadas ellas, les lee.
Siete libros forman la colección de Narnia. Alrededor de diez meses de lectura, a razón de unas pocas páginas diarias. Aventuras épicas, ejemplos de sacrificio y entrega, de generosidad y lealtad, de redención, sabiduría, respeto a los sagrado, la lucha del bien y el mal,… y la muerte y el cielo y la eternidad. Todo eso verán esas niñas de la mano de su padre. Buen programa.
Me alegré por esas niñas, que tienen un padre que les dedica un tiempo cada noche a leerles cuentos. Y me acordaba, cuando él me lo contaba, de lo que dice Gilbert Keith Chesterton en su libro titulado “Ortodoxia” sobre los cuentos y sobre los valores que ellos enseñan: Allí habla Chesterton de “La Bella y la Bestia” y de cómo hay que amar a las personas y cosas aún antes de que sean amables. Y habla de “la Bella Durmiente” y de cómo la criatura humana, al nacer, entre los dones de bendición recibió también la maldición de la muerte; y de cómo la misma muerte puede desvanecerse hasta convertirse en un sueño. Y habla de “Juanito el matador de gigantes” donde hay que matar a los gigantes porque son gigantes y muestra así un ejemplo de rebelión varonil contra el orgullo injustificado.
Y compara a la Cenicienta con la Virgen María, —“la Magnífica”, la llama—, y muestra la grandeza que descansa en la sencillez y la humildad hasta encandilar al Todopoderoso. Así lo canta María en el Magnificat. Y así lo vemos en la grandiosa sencillez de la protagonista de este cuento de hadas.
Seguro que todo eso es mucho más constructivo que una tarde de videoconsola. Y para un padre, desde luego, más sacrificado. Pero vale la pena.

jueves, 14 de septiembre de 2006

LEER (14-SEPT-2006)

Entre los recuerdos de mi infancia está el de ver a mi padre leer. Mi padre siempre leía: cada vez que tomaba un nuevo libro (cosa que ocurría cada tres o cuatro días) lo forraba con papel de diario. Hasta cuando iba solo por la calle, de camino al trabajo, iba leyendo. Si alguna vez vieron por la calle a un señor de bigote, con chaqueta gris y corbata, con un libro abierto, sostenido sobre las palmas de las dos manos… ¡ése era mi padre! Agradezco este buen ejemplo de mi padre, que procuro imitar.
Y es que las personas que leen a los grandes autores, y leen bien, con tiempo para la reflexión, tienen una visión más penetrante de la realidad. Leer buena literatura o buenos ensayos alza el nivel del pensamiento, facilita la comprensión de las ideas dominantes, enseña a hablar en un lenguaje adecuado, a descubrir nuevos argumentos, a exponer ideas de manera convincente. La buena literatura, clásica y contemporánea, ha contribuido siempre a la formación ética y a la educación de los sentimientos, aspectos esenciales de la madurez humana.
Los grandes libros permiten compartir experiencias de gran valor humano: conocer personalidades como la de Hamlet o la de don Quijote; descubrir las tentativas del hombre a lo largo de su historia en busca de respuesta a interrogantes radicales de la existencia; penetrar, con Platón o con Aristóteles en el origen de nuestro modo de pensar; compartir las confidencias de San Agustín, los pensamientos de Pascal, la búsqueda de sentido de Viktor Frankl en un campo de concentración, o las reflexiones de Lewis sobre la experiencia del sufrimiento… ¡Qué apasionante puede llegar a ser la vida de los que leen!